Hace un par de semanas estaba viendo el programa nocturno de los jueves en la Sexta “¿Quién vive ahí?”, un espacio que muestra -en el ochenta por ciento de los casos- casas espectaculares cuyos dueños han decorado o construido de forma especial. El otro veinte por ciento son casas que superan el mal gusto.
El caso es que mientras recogía y me lavaba los dientes -lo normal antes de acostarse- apareció en la pantalla el siguiente espacio televisivo. No lo había visto nunca, pero su cabecera me llamó la atención. No sé si por lo hortera que es o por lo glamuroso que intenta ser quedándose en eso, un intento.
Vi aquel primer capítulo y -confieso- que me quedé perpleja. Se trata de “Mujeres ricas”, un programa en el que supuestamente cinco mujeres de alto poder adquisitivo nos exponen sus vidas como si fuesen talentos científicos o personajes históricos de otro tiempo.
La primera de ellas es una mujer francesa afincada en Marbella que se dedica al negocio de las discotecas y que -a mi juicio- creo que es la más “normal” porque, al menos, trabaja. Hay dos mujeres que son hermanas y que no se sabe muy bien por qué son ricas pero son lo más casposo que se pueda imaginar uno.
Las otras dos responden al estereotipo de mujer objeto. Ambas están casadas con hombres millonarios y viven a su costa. Es decir, el cliché más antiguo del mundo: mujer -aparentemente- atractiva que goza de los beneficios económicos que su esposo obtiene trabajando, claro.
Después de varios capítulos- confieso que me he tragado varios- una saca la conclusión de que este espacio podría haberse denominado “Mujeres frívolas” en vez de “Mujeres ricas”. Sus vidas están tan vacías como sus cabezas. Sus ambiciones son estrictamente superficiales y su forma de ser felices sólo es viable a través del materialismo. Qué desperdicio de fortunas.