La siberia

Han pasado dos semanas desde mi última reflexión aquí en el mentidero. La razón es que ha habido un cambio en la rutina de mi vida: las vacaciones de Semana Santa. El viernes pasado una -y toda su familia- estaba en la Siberia. Para todos los que no me conozcan que no se asusten. Ya me hubiera gustado visitar la Rusia oriental, pero no.

Me refiero a la siberia extremeña.  Situada al noroeste de la provincia de Badajoz, supongo que por su nombre ha de tener muchas características comunes con la rusa. Como que es una de las zonas más despobladas del país. Sus vías de comunicación siguen siendo -incluso hoy- casi tercermundistas. Ese aislamiento es lo que hace que peculiar -a mi juicio claro-.

Son el Guadiana y el Zújar los ríos que atraviesan la comarca y que hacen que su paraje sea inconfundible. Vastos pantanos aplastan las tierras abrasadas por un sol atroz. Las cigüeñas anidan en cada campanario de esos pequeños pueblos. Y los ciervos inundan los montes que -aunque no se crea- rodean las presas de Cijara y García Solá.

Una veintena de pueblos jalonan la comarca. Tiñen de blanco las sierras calizas aportando la frescura de su luz y de sus gentes. Personas sencillas y felices habitan las calles alborotadas. Corrillos humanos comentan cómo va la recogida de la aceituna, a cuánto se paga este año. Otros trabajan las tierras, que son pastos de las ovejas.

Tierra de conquistadores antaño, ahora olvidada. Los días agotan la vida de los pequeños pueblos. Sólo nos queda el recuerdo de lo que fue. Recuerdos caprichosos. De olores. De gustos. De sonidos. Con olor a picón en invierno y el ruido de la chicharra en verano. Con sabor a caldereta y a cerdo. A migas y a ajoblanco. Extremeños.

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