Los que me conocéis personalmente sabéis del motivo de mi ausencia en el cyberespacio. Mi falta el pasado viernes se debió a un motivo de suma importancia. Tanto, como el nacimiento de mi segundo hijo. Aunque llegó al mundo el lunes, la verdad es que una no estaba para escribir.
Los que tienen hijos podrán comprender que – en estos diez días desde su nacimiento y una semana desde mi vuelta a casa- , no he tenido tiempo ni para rascarme la cabeza. Es lo que tiene la maternidad por partida doble. Es lo mejor. Pero es agotador. No me acordaba de la vigilia nocturna.
Es este un post de disculpa con todos los que me leéis -que sois más que mis amigos-. Sólo quería pediros perdón y expresar la felicidad que siento con mi nueva situación. Supongo que no es ninguna novedad. Que todos los que habéis vivido esta experiencia la consideráis inigualable.
Creo que es la sensación más íntima y profunda que se tiene en la vida. Parir. Sacarle de tu cuerpo. Trasladarle a este mundo. Notar cómo se abre camino. Cómo lucha por salir. Cómo le ayudas a llegar. Cómo nace de ti. Y gracias a ti. Verle la cara. Rozar su piel. Acogerle para siempre.
Nunca se olvida ese momento. Es la expresión máxima del amor. Incomparable con nada. No hay precio que se pueda pagar por él. No lo cambiaría por nada. A pesar del dolor. Es un instante mágico. Que dura unos segundos pero que queda impregnado en la memoria. Lo recomiendo. De veras.