Sabía que -como todos los viernes- tenía cita con mis lectores. Esta mañana andaba dando vueltas sobre qué escribir en el blog. Después de hojear el periódico como hago cada mañana al despertar, constaté que la actualidad era tan mediocre que no había nada que me interesara comentar.
Me había levantado con dolor de cabeza -tras una mala noche- y mi mente merodeaba algo espesa tras alguna idea que fuera susceptible de análisis, crítica o simplemente de trivial verborrea para echar el rato. Y ahí seguía atascada mientras realizaba mecánicamente las tareas cotidianas.
Y ahí seguí un buen rato pensando. Y seguía sin dar con el asunto. Supongo que no se puede luchar contra los nervios que afloran en una cuando en tu vida va a suceder algo trascendental. Y descubrí que es ese inminente suceso el que bloquea mis pensamientos en una única dirección.
Los que me conocen pueden suponer a qué me refiero. En estos momentos, no hay noticia ni hecho anecdótico ni circunstancia externa que pueda absolverme de esos pensamientos. Y mira que ya he pasado por esta situación. Pero diría que en esta ocasión mi intranquilidad es todavía mayor. Porque sé a lo que me enfrento.
Supongo que a estas alturas ya no queda más que tener paciencia y aguantar el temporal. Y confiar en que amaine rápido. Y tener la esperanza de que todo salga bien. Y esperar a que muy pronto pueda disfrutar de su olor. De su tacto. De su presencia. De él. De mi familia al completo.