Hoy se celebra el día Mundial de la Anticoncepción, un día muy apropiado -casualmente- con la actualidad, mediáticamente hablando. Me refiero, por un lado, a la venta de la píldora del día después, que se venderá sin receta en la farmacias a partir del próximo lunes y, por otro, a las declaraciones del Papa sobre el uso del preservativo en África.
Sobre esto último me gustaría dejar claro que no trataré de convencer a nadie, sino simplemente usaré el derecho individual a la libertad de expresión y -por ende- también respetaré el libre uso del mismo por parte de la Iglesia y de sus ministros hacia sus fieles. Si no lo lograra, pido disculpas de antemano.
La lucha contra el sida y otras enfermedades de transmisión sexual, la defensa de la salud de la mujer y la reducción de la mortalidad infantil son tres de los grandes objetivos de desarrollo del milenio que la ONU se planteó en 2000. Para su consecución es necesario0 un adecuado acceso a los anticonceptivos.
Sin embargo, la contracepción es -a día de hoy- un ideal para muchos de los países de las zonas más desfavorecidas como África o América Latina. A esto hay que sumar las desigualdades sociales que abren una brecha insalvable en las necesidades primarias y más aún en materia de salud sexual.
Por eso y, desde la distancia siempre que ha de haber entre la Iglesia y el Estado, parece inconcebible que el Papa afirmara en su último viaje a África que el uso del preservativo aumenta el problema del sida. El Parlamento ha sometido a votación dichas declaraciones y es por ello por lo que se ha servido la polémica.
Entraríamos en un debate ético si analizáramos la venta libre de la píldora del día después, por ejemplo, pero no es el caso del uso del preservativo como barrera para frenar enfermedades sexuales, este es un debate científico. Es una cuestión de salud pública, sin más.