El otro día vi en la primera-en uno de los pocos programas televisivos que veo- un reportaje interesante. Hablaré de él. Por cierto, que la decisión de no publicidad en Televisión Española es una de las políticas más acertadas que ha tomado el servicio público en los últimos años.  

El espacio al que me refiero es “Comando actualidad”, un programa con formato de reportaje en el que predominan principalmente las entrevistas. En una semana marcada por los malos datos de ocupación laboral, escogieron  un tema interesante: “los jefes”, de distintas áreas.

Me resultó curioso ver cómo diversos tipos de empresarios acudían a un curso de “Coaching”, o dicho en castellano, formación a directivos. Había desde personas que tenían su propio negocio con cinco personas a su cargo hasta los que contaban con ciento veinte empleados.

El “coaching” es lo más en boga que existe si eres directivo o aspiras a serlo. En teoría se trata de que los responsables de las empresas tomen las decisiones justas enfocadas a obtener el mejor rendimiento. No es otra cosa que usar las técnicas adecuadas -salvando los obstáculos y resolviendo los conflictos- para alcanzar los resultados propuestos.

En la práctica no es más que ser un buen jefe. Y eso se consigue-en primer lugar- siendo buena persona. Sé que una empresa se rige por objetivos económicos. Pero no debemos olvidar que las empresas están compuestas por recursos humanos. Y ése, el lado humano, es el que no se debe abandonar.

Y para eso no hacen falta ni cursos, ni estrategias, ni marketing. Que no nos engañen. Un buen patrón es quien dirige con firmeza un barco, pero también es quien adquiere compromisos con su tripulación. Y quien tiene en cuenta sus necesidades. Y quien reconoce que sin ellos no hay tierra a la vista. Se les olvidó tratar el tema principal: la humildad.   

Estreno diseño. Después de mucho tiempo de insistencia de mi asesor técnico, le he permitido la transformación del blog porque, a su juicio, se lee mejor. Espero que los que me seguíais con cierta frecuencia lo sigáis haciendo y los que no, lo hagáis ahora con el nuevo formato. De eso se trata, de facilitar el terreno.

Después de valorar el panorama mediático semanal me propongo comparar los distintos públicos de las dos noticias que, bajo mi punto de vista, han sido protagonistas de alguna manera. Me refiero -por un lado- al nuevo juguete de Apple, el iPad, y -por otro- al anuncio por parte del Gobierno de aumentar la edad de jubilación, entre otros datos económicos.

Mientras que medio mundo esperaba ansioso al día 27 de enero, momento en el que los fanáticos de las nuevas tecnologías hacían apuestas por el tan esperado ‘gadge’t, otra media España se hacía cruces con los datos del Ministerio de Economía tras presentar la EPA (Encuesta de Población Activa) y el proyecto de jubilarse a los 67.

Qué diferente es la vida. Mientras que unos ya cuentan los días para adquirir -como mínimo a 500 dólares- el sofistacado aparato destinado al ocio, otros cuentan los céntimos para alcanzar el día 30 de cada mes sin tener que pasar hambre o sumarse a la lista de la morosidad. Eso sin tener en cuenta a los que les han sumado gratuitamente dos años más laborales.

No trato de hacer demagogia. Pero lo cierto es que es muy injusto. Ya sé que así es la vida y que las diferencias han existido y existirán siempre, pero… me resulta una osadía  ser miembro del primer grupo sin reparar en el segundo. La desventaja es tan brutal que me da vergüenza pertenecer a la primera comunidad.  

Pensé que nunca llegaría este momento. Por fin -después de cinco años de espera y molestas obras- los vecinos de las riberas del Manzanares podemos decir que disfrutamos de un paseo agradable a las orillas del río.  Y en este  largo plazo ha habido tiempo para casi todo.

Protestas de la opinión pública, de los barrios perjudicados, de los partidos de la oposición y un largo etcétera. También sectores a favor, todo hay que decirlo. Lo paradójico era que casi todos los madrileños hablaban -en buena medida mal- de la obra farónica del alcalde aunque no les afectase.

La que escribe ha sido una de las que se alegró en su día con la idea original y después sufrió las consecuencias de la misma. Y en todo este tiempo he pasado de estados de indignación al júbilo. De la desesperación a la satisfacción y del enojo a la emoción de ver el trabajo finalizado.  

Por fin los dos barrios que antaño estaban separados por dos autopistas volvemos a estar conectados. Recuperamos el río y sus aledaños. Lo que antes tuvimos y nos arrebató alguien al que se le ocurrió la “brillante” idea de construir dos vías rápidas por casi el centro de la ciudad.

Después de todo -de los lamentos y las quejas- es de recibo reconocer que la obra ha merecido la pena. Que donde antes se respiraba humo ahora se inhala aire libre y donde antes había contaminación acústica ahora sólo se escuchan los gritos entusiastas de los niños y las conversaciones ociosas de los viandantes.

Una vez más uno de los países más pobres y desiguales del mundo sufre los estragos de la naturaleza. Esta vez el seísmo se ha cebado con Haití, el país con menor renta per cápita de América. No es casualidad que las catástrofes siempre se ceben con los menos favorecidos.

Ahora más que nunca los haitianos necesitan la ayuda de todos cuantos podamos ofrecer una brizna de nuestras acomodadas vidas. Sin embargo, mientras las organizaciones internacionales piden la colaboración ciudadana a nivel mundial, el aeropuerto de Puerto Príncipe está colapsado.

Parece que el espacio aéreo está colapsado de aviones cargados de ayuda humanitaria que no pueden aterrizar y mientras tanto en el suelo de la isla los supervivientes que se han quedado sin hogar se agolpan en estadios y parques en busca de refugio, alimentos y protección. 

Han empezado los asaltos y saqueos a camiones de víveres porque son ya muchos días de calamidades. La desesperación y la impaciencia de los haitianos está empezando a cundir en una ciudad devastada en la que muchos intentan sobrevivir y otros recuperar a sus familias.  

La agonía está servida. No hay más que ver las imágenes con las que nos deleitan nuestros telediarios en portada. Quizá sea la única manera de sensibilizarnos. Ver a los niños muertos tiene que removernos las conciencias. Y hacernos reflexionar por todo cuanto nos quejamos. Pienso que no nos merecemos lo que tenemos.

Pasadas las navidades parece que todo vuelve a la normalidad, a la rutina y, por ende, a mi cita como cada viernes con el espacio virtual. Las vacaciones navideñas no me han permitido acudir a este mentidero con la asiduidad deseada. Espero no volver a defraudar a los muchos que me leen.

Año nuevo vida nueva es el eslogan más repetido por estas fechas. Algunos se plantean los propósitos de siempre: dejar de fumar, ir al gimnasio…etc. Otros simplemente deseamos trabajar. Aunque cueste pensar en el trabajo como un anhelo, es el mayor regalo que podríamos recibir en este 2010 que ahora comienza.

Son ya cuatro millones los parados de este país y si la estrategia del gobierno no cambia esta cifra seguirá subiendo. Parece que el presidente del Gobierno ha admitido recientemente que no estuvo muy acertado cuando no quería reconocer la existencia de la crisis. Es un buen paso reconocer los errores.

Pero lo siguiente es enmendarlos. No sirven de nada los propósitos que no van acompañados de medidas concretas. Ahora asegura que la recuperación económica llegará en este año y que su gran preocupación somos los desempleados. Sin embargo, creo que la desconfianza se ha instalado entre los perjudicados.

No me creo nada. Mientras que Europa empieza a recuperarse España está tocando fondo. Y según las previsiones de los expertos, 2010 será un año aún peor que el anterior. Cuando Zapatero dice que se creará empleo neto a finales de este año habrá que pensar que será un año después. Mentalidad a la española.